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Arquitectura4 min de lectura

La frontera que no se cruza.

Le vas a dar acceso a cosas reales: tu navegador, tus archivos, tus servicios. Para que eso sea seguro, la parte de Lattice que dibuja la pantalla no tiene ningún poder. Así está construido.

Cuatro procesos, una regla

Lattice no es un solo programa: son cuatro procesos separados, y entre ellos hay una regla que no se rompe. El proceso que dibuja lo que ves no puede tocar el mundo. No guarda una llave, no abre una conexión de red, no ejecuta nada. Solo pinta texto plano, ya saneado. Todo lo que tiene consecuencias —abrir un archivo, entrar a un sitio, correr una tarea— vive detrás de esa frontera, aislado.

Es la diferencia entre un asistente que vive dentro de una pestaña del navegador y una aplicación diseñada, desde el primer proceso, para que un descuido en la interfaz no pueda convertirse en un daño real.

Las llaves nunca viajan a la vista

Tus credenciales viven en el llavero cifrado de tu sistema operativo, no en un archivo de configuración ni en la memoria de la interfaz. Cuando el motor las necesita, se le entregan por variable de entorno, nunca como argumento —una distinción técnica pequeña con una consecuencia grande: un secreto pasado como argumento puede aparecer en registros, en listas de procesos, en reportes de error. Lattice se niega, por diseño, a que eso ocurra: una verificación interna rechaza cualquier intento de pasar un secreto donde podría filtrarse.

Nada se escribe en los registros

Todo lo que Lattice escribe a un registro —para diagnóstico, para telemetría de fallas— pasa antes por un depurador que borra secretos de la cadena, incluso si el secreto queda cortado justo en el borde entre dos pedazos de texto. Se probó de forma adversarial en miles de puntos de corte distintos, buscando el resquicio. Cero fugas.

La inteligencia es una frontera, no una etiqueta

Lo que mueve a Lattice —la inteligencia detrás— se revela el día del lanzamiento. Esa reserva no es un gesto de marketing: es una frontera de ingeniería. La identidad de la inteligencia existe en un único lugar del código, y una batería de pruebas dedicada verifica que no aparezca en ninguna superficie que llegue a la pantalla. Cuando algo falla, el mensaje que ves se arma desde una categoría de error, nunca desde el detalle crudo. La discreción está garantizada por el código, no por la buena voluntad.

La compuerta que no se levanta sola

Lattice puede tomar los controles, pero no a tus espaldas. Cada acción que cambia algo —escribir un archivo, correr un comando, operar una herramienta— está cerrada por defecto y exige una aprobación explícita, por acción. Las de solo lectura fluyen; las que tienen consecuencias, no, hasta que vos digas que sí. Y una herramienta que se quitó no está solo escondida: el sistema la rechaza de raíz.

La autonomía real no es la ausencia de frenos. Es tener frenos tan confiables que puedas soltar el volante.

Esa es la idea que sostiene todo lo demás. Le das a Lattice acceso a tu trabajo porque sabés, exactamente, dónde están los límites —y porque están puestos en la arquitectura, no en una promesa.

Una autonomía en la que se puede confiar.

Dejá tu correo y te avisamos el día del lanzamiento.

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